Adrián tenía seis años y un cuarto completamente nuevo. Las cajas de la mudanza todavía estaban apiladas en una esquina, como pequeñas montañas de cartón. Esa primera noche, Adrián se sentó en su cama y miró alrededor. Las paredes eran de otro color. La ventana estaba en otro lugar. Hasta el techo parecía diferente.
"Este cuarto no me conoce", pensó Adrián, "y yo no lo conozco a él."
Entonces escuchó algo suave, un sonido que venía de la ventana. Era el viento, que silbaba bajito, como si dijera: "Ven a ver, ven a ver."
A la mañana siguiente, Adrián salió con su mamá a caminar por el barrio nuevo. Todo era un misterio por descubrir. En la esquina había una panadería que olía a pan calientito. Un poco más allá, un parque con un tobogán rojo brillante.
Una señora que regaba sus flores lo saludó con la mano.
"¡Hola, vecino nuevo!", dijo sonriendo.
Adrián saludó tímidamente. Vecino. Esa palabra le gustó. Sonaba a que él ya era parte de algo.
Cada día, Adrián descubría un tesoro nuevo. El lunes encontró un gato anaranjado que dormía en un muro y que dejó que le acariciara la cabeza. El martes descubrió que desde el parque se veían las montañas, moradas y tranquilas. El miércoles conoció a una niña llamada Sofía que también sabía hacer castillos de arena.
Y cada noche, cuando volvía a su cuarto, Adrián colocaba algo especial en su repisa: una piedrita lisa del parque, una hoja dorada, un dibujo del gato anaranjado.
Poco a poco, la repisa se fue llenando de pedacitos del barrio.
Una noche, mientras se ponía el pijama, Adrián miró su cuarto y notó algo. Ya no le parecía extraño. Ahí estaba su repisa con sus tesoros. Ahí estaba la ventana por donde entraba el silbido amigo del viento. Ahí estaba la manchita de luz que hacía el farol de la calle, siempre en el mismo rincón, como una lucecita que lo cuidaba.
"Creo que ya nos conocemos", le susurró Adrián a su cuarto.
Y le pareció que las paredes, calladitas, le respondían que sí.
Esa noche, Adrián se acomodó bajo su cobija. Afuera, el barrio también se preparaba para dormir. La panadería había apagado sus luces. El gato anaranjado seguramente ya estaba hecho una bolita en su muro. Las montañas moradas vigilaban a lo lejos, quietas y serenas.
Adrián bostezó despacito. Pensó en la piedrita lisa, en la hoja dorada, en Sofía y sus castillos de arena. Pensó en todo lo que todavía le faltaba por descubrir mañana, y pasado mañana, y el día después.
El viento silbó su canción suave en la ventana. La lucecita del farol brillaba en su rincón de siempre.
Adrián cerró los ojos. Su cama estaba tibia. Su cuarto estaba en silencio, pero era un silencio amable, de esos que abrazan.
Y justo antes de quedarse dormido, Adrián sonrió, porque se dio cuenta de algo muy bonito: ya no estaba en un lugar nuevo.
Estaba en casa.
Buenas noches, Adrián. Que sueñes con gatos anaranjados y montañas moradas.