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Cuento para dejar el chupete

Un cuento tranquilo para acompañar la despedida del chupete, sin dramas ni prisas. Escrito para una niña de 3 años que se hace un poquito mayor.

1

Había una vez una niña llamada Vera. Vera tenía tres años y una cama llena de peluches. Estaba el conejito Nube, el osito Miel y la tortuga Lenta. Todas las noches, Vera los abrazaba muy fuerte.

Vera también tenía un chupete. Era pequeño y azul. Pero últimamente, Vera se sentía mayor. Muy mayor. Ya sabía ponerse los zapatos. Ya sabía subir las escaleras solita. Sus peluches lo veían todo desde la cama.

2

Una noche, cuando la luna ya brillaba en la ventana, el conejito Nube susurró con su vocecita suave:

"Vera, tenemos un secreto que contarte."

Vera abrió mucho los ojos. "¿Un secreto?"

"Sí", dijo el osito Miel. "Los peluches también crecemos. Yo antes era un osito bebé. Ahora soy un osito mayor. ¿Sabes cómo crecí?"

Vera negó con la cabeza.

"Cada noche, dejaba algo pequeñito de bebé. Y así, poquito a poquito, me hice grande."

3

La tortuga Lenta habló despacito, como hablan las tortugas:

"Yo también crecí. Antes dormía dentro de mi caparazón todo el día. Un día decidí sacar la cabecita. Y mira, ahora veo las estrellas."

Vera miró su chupete azul. Lo apretó en su manita.

"Yo quiero ser mayor", dijo Vera. "Pero mi chupete..."

"El chupete fue tu amigo cuando eras bebé", dijo Nube. "Pero los bebés chiquitines lo necesitan más que tú. Tú ya tienes brazos fuertes para abrazar, y palabras bonitas para hablar."

4

Vera pensó y pensó. Miró a sus peluches. Miró la luna.

"¿Y si lo dejamos en la ventana?", preguntó Vera. "Para que la luna se lo lleve a un bebé pequeñito que lo necesite."

"¡Qué gran idea!", dijeron los tres peluches a la vez.

Vera se levantó despacito. Puso su chupete azul en la ventana, justo donde llegaba la luz de la luna. Le dio un besito.

"Gracias, chupete. Cuida bien al bebé."

5

Vera volvió a su cama. Se sintió un poquito rara sin el chupete. Pero entonces el osito Miel se acurrucó en su brazo. El conejito Nube se apoyó en su mejilla, suave suave. Y la tortuga Lenta se quedó cerquita de sus pies.

"Estamos aquí", susurró Miel. "Los abrazos de peluche son para niñas mayores."

Vera sonrió. Un abrazo de peluche era calentito. Mucho más calentito que un chupete.

"Soy mayor", dijo Vera bajito, con los ojos ya medio cerrados.

6

Fuera, la luna brillaba tranquila sobre la ventana. Dentro, la habitación estaba en silencio, un silencio blandito como una manta.

Vera abrazó a Nube. Respiró despacio. Dentro. Fuera. Dentro. Fuera.

Los peluches también cerraron sus ojitos. La tortuga Lenta fue la primera en dormirse, porque las tortugas hacen todo despacito, hasta soñar.

Y Vera, la niña mayor de los brazos fuertes y las palabras bonitas, se quedó dormida con una sonrisa pequeñita.

Buenas noches, Vera. Buenas noches, peluches. Buenas noches, luna.

Este cuento se escribió para Vera. El siguiente puede ser para tu hijo.

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