Nico tenía cuatro años y una linterna amarilla que quería mucho. Cada noche, cuando mamá apagaba la luz, Nico encendía su linterna rapidito. Es que la oscuridad le parecía muy grande y muy callada.
Una noche, la linterna hizo un ruidito suave: clic, clic. Su luz se puso débil, como una velita cansada.
"Ay, no", susurró Nico. "¿Y ahora qué hago?"
Entonces, por la ventana, Nico vio algo brillar. Era una estrella pequeñita, la más pequeñita del cielo, y parecía que le hacía cosquillas a la noche con su luz.
La estrella bajó despacito, despacito, hasta posarse en el borde de la ventana. Brillaba como polvito dorado.
"Hola, Nico", dijo la estrella con voz de campanita. "Vi que tu linterna está cansada. ¿Quieres venir conmigo a buscar luz nueva?"
Nico abrazó su linterna y miró la oscuridad. Tragó saliva.
"Es que... afuera está muy oscuro", dijo bajito.
"Ven", sonrió la estrella. "Yo te enseño un secreto."
Nico tomó la manita de luz de la estrella y juntos flotaron por la ventana, suaves como una pluma.
Al principio, Nico cerró los ojos fuerte, fuerte.
"Ábrelos poquito a poco", le dijo la estrella.
Nico abrió un ojo. Después el otro. Y entonces vio algo maravilloso: la noche no estaba vacía. Estaba llena de estrellas, miles y miles, como si el cielo fuera una manta con lucecitas cosidas por todas partes.
"¡Cuántas linternas!", dijo Nico asombrado.
"Sí", rió la estrella. "La oscuridad es la casa de las estrellas. Sin ella, no podrías vernos brillar."
Volaron entre nubes suavecitas como algodón. Nico ya no apretaba los ojos. Miraba para todos lados, buscando estrellas nuevas.
"Mira", señaló. "¡Esa parece un osito! ¡Y esa parece una cuchara gigante!"
"Muy bien, Nico", dijo la estrella. "La oscuridad guarda dibujos secretos para los niños que se animan a mirar."
Nico se dio cuenta de algo: ya no tenía miedo. La noche era como un cuarto grande y tranquilo, lleno de amigas brillantes.
La estrella pequeñita llevó a Nico hasta una nube blandita. Allí, sopló un poquito de su polvo dorado dentro de la linterna amarilla.
Clic. La linterna se encendió con una luz calientita y suave, como miel.
"Listo", dijo la estrella. "Pero te cuento el secreto más importante: ya no la necesitas tanto. Ahora sabes que la oscuridad es amiga. Es la manta que arropa a las estrellas."
Nico sonrió y bostezó un bostezo grandote.
La estrella llevó a Nico de regreso a su camita, volando despacito bajo el cielo brillante.
Nico se acurrucó bajo su cobija. Puso la linterna en la mesita, pero no la encendió. Ya no hacía falta.
Por la ventana, la estrella pequeñita le guiñó su lucecita, como diciendo buenas noches.
"Buenas noches, estrella", susurró Nico.
La oscuridad lo abrazó suavecita, tibia como una manta, y Nico pensó que era lindo saber que arriba, muy arriba, miles de lucecitas lo cuidaban mientras dormía.
Sus ojitos se cerraron despacito, despacito.
Y Nico se quedó dormido, tranquilo y feliz, soñando con estrellas que brillaban solo para él.